Llevo tiempo queriendo escribir algo sobre la privacidad en la red y el derecho al olvido, que parece que se nos ha negado, desde que leí por primera vez el artículo Right To The Privacy de Warren and Brandeis que, aunque fue escrito en 1890 para la Harvard Law Review, es uno de los artículos de referencia en este tema y, bajo mi punto de vista sigue tan vigente hoy como cuando se escribió.

En aquel momento se planteaba la «facilidad» de difusión de la imagen pública de cualquier persona gracias a la cámara de fotos portátil, unida a la facilidad de impresión y distribución de un periódico. Hoy, el alcance es mucho mayor si tenemos en cuenta la amplia difusión que una publicación puede tener y lo relativamente fácil que puede convertirse en «viral».

Seguramente la mayoría tendréis en mente las grandes redes sociales más habituales en nuestro país como pueden ser Facebook o Twitter, pero el peligro no queda ahí, las aplicaciones de comunicación directa, bien sean las más clásicas como el correo electrónico, bien sean aplicaciones como Whatsapp, Telegram o Line, hacen que la difusión sea además «aparentemente privada». Esa sensación de enviarlo solamente a personas cercanas de nuestro entorno es, precisamente, lo que las hace más peligrosas: por un lado, no podemos controlar a quien o quienes se va a reenviar después (lo que equivaldría a un secreto a voces o el clásico cotilleo del pueblo); de otra parte, es tu entorno quien tiene acceso a tu intimidad (que quieres preservar) y no alguien a 5.000 kilómetros de distancia que, potencialmente, resulta menos «peligroso» y que afecta en menor medida a tu vida diaria.

El gran problema que se plantea no es que te fotografíen en un lugar público, sino que pueden hacerlo incluso en un lugar privado, desde la oficina o una celebración privada, hasta en el sofá de tu casa. En ese mismo momento te encuentras a merced de la ética y la moral de la persona que te fotografía.

A estas alturas podéis estar pensando en fotografías comprometidas o en situaciones bochornosas, pero no es esa la imagen en mi cabeza mientras escribo estas líneas. Pensaba más bien en situaciones aparentemente más «inocentes» o incluso cotidianas, hace tres años nos hicimos una fotografía juntos, tomando un café o en cualquier actividad que hiciéramos entonces, éramos amigos (elegid aquí el nivel de amistad que más os guste) y publicaste mi foto junto a ti… Hoy maldices el día en que me crucé en tu vida (olvidando, por supuesto, los buenos momentos y la ayuda prestada) y, aún así, me niegas mi «derecho al olvido». Yo puedo mirar para otro lado y seguir mi camino, cosa que ya hago, pero tú no permites que se «olvide» esa relación socialmente. De nuevo me pregunto si no tienes vida propia y necesitas la vida de los demás y salir junto a ellos en fotos (no, tranquilos, no hablo del «pequeño Nicolás») o si, de nuevo, es tu narcisismo agudo el que te lleva a ello.

En cualquier caso, la legislación vigente está en pañales en estos temas, pero, para mí, lo más grave es que a nivel social, sólo lo entendemos cuando la fotografía es nuestra, pero no cuando es de otra persona.

¿Cómo asegurar que esas fotos nuestras con personas con las que ayer teníamos relación y hoy no queremos tenerla no difunden e invaden nuestra privacidad? Simplemente: no podemos. Tal vez la madurez solucione este problema dentro de mucho, mucho tiempo… Mientras tanto yo, soy paciente y sigo reflexionando sobre ello.

¿Cuándo fue la última vez que te planteaste revisar tus fotos publicadas y dejar de exhibir a otras personas con las que perdiste relación y, desconoces o incluso intuyes que no querrían salir en una foto contigo en la actualidad?

Por si tenéis interés en leer el artículo Right to the privacy, aquí os dejo un enlace al artículo original en inglés:

The Right to Privacy