Tras la cena, fue conducido al despacho de Potterley. Por un momento, se quedó perplejo en el umbral.

Las paredes estaban totalmente cubiertas de libros.

No películas. Las había, desde luego, pero superadas con mucho por los libros, impresos en papel.

Nunca hubiese pensado que existiesen aún tantos libros en buenas condiciones.

Foster se sintió molesto. ¿Con qué propósito guardaba tantos libros en casa? Seguramente estarían mejor en la biblioteca de la universidad o, en el peor de los casos, en la del congreso, si alguien quería tomarse la molestia de investigar fuera de los microfilms.

Había algo secreto en una biblioteca particular. Despedía una vaharada de anarquía intelectual.

—Isaac Asimov
El pasado muerto